Cada mañana Juan y José se levantan temprano a trabajar. Ambos, padres de 3 niños, buscan proveer el sustento al hogar. Juan debe caminar por 7 minutos hasta la avenida Sarasota con Pedro A. Bobea, donde apela a la bondad ajena para conseguir su sustento. José, por el otro lado, se transporta en su Land Cruiser hasta su empresa, en la que detrás de un escritorio trabaja incansablemente para obtener los ingresos con los que sostiene a su familia.
Juan y José viven a 4 minutos de distancia. Sin embargo, a pesar de su proximidad física, existe una considerable distancia económica y social entre ellos que probablemente jamás será cerrada.
Juan es hijo de un campesino de San Juan de la Maguana. A sus 37 años de edad, sólo cuenta con un 2do grado de primaria. “Lo tuve que dejar porque tenía que caminar mucho para llegar a la escuela y muchas veces que iba me encontraba con que la profesora no fue; o a veces me cogía lo tarde y se acababan las butacas y me tocaba sentarme en el piso. Total, nunca supe de que me servía conocer la gramática si lo que quería ser era un sembrador”, confiesa.
José tuvo el privilegio de recibir una educación bilingüe desde temprana edad. Hijo de un prominente empresario español, estudió en el Carol Morgan School, donde se codeó con la crema y nata de la sociedad dominicana. Por eso, cuando tuvo la oportunidad de ir a hacer su maestría en Columbia University, Nueva York, no tuvo ningún problema para adaptarse. Ya había visitado Estados Unidos muchas veces durante sus vacaciones navideñas, cuando iba a esquiar a Vail, Colorado.
Ambos son ciudadanos dominicanos, pero sólo comparten el hecho de tener una cédula de identidad. Viven en un mismo país que le ofrece a cada uno una realidad distinta. Y cada quien desde su realidad, vive su vida sin percatarse de la existencia del otro.
Juan no sabe que existe José. Para él, hay cientos, miles de “José” que transitan por su esquina. Ha escuchado hablar de los kilómetros de campos de golf, los exclusivos complejos turísticos, las construcciones millonarias que rápidamente se levantan por todo el país. Pero esto le es indiferente. Nunca ha disfrutado de ellas… y probablemente nunca lo hará.
De igual manera, José no sabe que existe Juan. Para él hay cientos, millones de Juan que se paran en las esquinas a mendigar. Ha escuchado de los problemas de salubridad en los barrios y cañadas, las dificultades para obtener una educación de calidad, la escasez de empleos dignos para dominicanos sin abolengo, las deficiencias de los servicios públicos. Pero para él, todo esto es otra historia triste en el periódico.
Así, cada uno disfruta de su vida y sigue su camino sin cruzarse.
En República Dominicana tenemos millones de Juan y cientos de José. Lamentablemente, esta historia ficticia se hace realidad en cada semáforo de la ciudad, en los que la mitad más pobre de la población dominicana comprueba lo difícil que es ganar sus ingresos que representan menos de un quinto del Producto Interno Bruto del país. Mientras, las decenas de familias más ricas del país disfrutan del cuarenta por ciento de este PIB, según estadísticas del CIA World Factbook.
Así ha sido desde siempre, y lo más probable continúe siendo ya que no hay ningún verdadero interés político para cambiar esta realidad. A pesar de esto quedamos todavía los ilusos, cada vez menos, que soamos con romper estas inequidades y reducir la brecha entre Juan y José. ¿Será posible conseguirlo? Cada día lo dudo más.
